martes, 15 de septiembre de 2026
Cuaderno de caza: Cuarenta años de memoria en el campo
Desde 1987 llevo un cuaderno en el que anoto cada jornada de caza en las que he participado, el número de piezas abatidas y algunas anotaciones que, con el paso de los años, han terminado convirtiéndose en pequeños retazos de mi propia historia.
La primera entrada está fechada en julio de 1987. Aquel día abatí seis conejos en Ossa de Montiel, en el coto de Peñadorada. Cazaba entonces con una repetidora Beretta 303.
Hoy, aquel cuaderno, escrito hoja a hoja durante casi cuarenta años, es mucho más que una relación de jornadas y perchas. Es un recorrido por décadas de campo, perros, viajes, amigos, amaneceres y recuerdos. Una parte importante de mi vida de cazador quedó allí escrita, jornada tras jornada.
El 12 de octubre de 1992 me colgué doce perdices. Hubo otro día de diez, el 10 de octubre de 1993, y dos jornadas más de nueve. Entonces no había perdices de suelta. Eran otros tiempos para la reina del monte.
La codorniz tampoco faltó a la cita. En Peñadorada quedaron para el recuerdo dos jornadas memorables, con trece y once piezas. Y en Torre de Juan Abad, donde tuvimos un coto durante un par de temporadas- muy querencioso también para la liebre-, se dieron días de cinco liebres en 1992 y 1995, además de otro de cuatro en octubre de 1993.
En 1999 cambié de escopeta y pasé de la Beretta 303 a la Urika. Entre diciembre de ese año y agosto de 2008 abatí 1.106 conejos. Hubo perchas difíciles de olvidar: 23 rabudos en una jornada por la mañana, y 18 el 16 de octubre de 2004, todas ellas en Peñadorada, un coto que siempre fue sinónimo de conejo.
La liebre también tuvo sus años de abundancia, muy lejos de lo que ocurre ahora. El 14 de octubre de 2000 me colgué nueve. Aquel día hice un doblete después de una muestra de Rocco, de esas que se quedan grabadas para siempre en la retina.
Durante estos casi cuatro decádas, el pato también ha sido protagonista de innumerables lances en una laguna natural, escenario de amaneceres y esperas memorables.
También quedaron anotadas aquellas jornadas de temperaturas gélidas, cuando el frío formaba parte inseparable de la caza. El 10 de diciembre de 2005, por ejemplo, el termómetro marcaba -5,5 ºC.
Y si el cuaderno habla de caza, inevitablemente habla también de perros. El 28 de diciembre de 1996 me acompañó Rocco por primera vez a cazar. Aquel día no hubo demasiada suerte y solo pude abatir una perdiz. El segundo viaje las cosas fueron bastante mejor: cuatro perdices y un conejo.
Después de Rocco llegó Sénia, una preciosa labradora negra con la que compartí jornadas de caza inolvidables. El 12 de julio de 2007 hizo su primer viaje conmigo.
Tras Sénia tuve otra labradora, esta vez color chocolate. Se llamaba Duba y me acompañó por primera vez el 22 de diciembre de 2014. Por desgracia, solo estuvo conmigo dos años. Fue una perrita muy buena.
Porque no entiendo la caza sin perro, Syrah ha sido mi mejor compañera durante todos estos años. Los perros no son solamente compañeros de caza. Forman parte de cada jornada, de cada recuerdo y de esa emoción especial que hace que uno vuelva al campo año tras año.
También he compartido muchas jornadas de caza con amigos y compañeros inolvidables Alguno de ellos ya no están entre nosotros pero siguen presentes en mi memoria cada vez que hojeo aquellas páginas: Miguel Ferrer, Pepe Sala, Pepe Mora, o Miguel Ferrero.
Otros fueron mis maestros personas de las que aprendí mucho y a las que sigo recordando con agradecimiento: Paco Sanchis o Ramón Ferrero.
La Beretta superpuesta también tuvo su papel en este cuaderno, con jornadas destacadas, entre ellas dos ojeos en el coto de la Sierrecilla, con los Venera, saldados con perchas de 57 y 30 perdices. En Casas Juntas, cazando el conejo con hurón, el contador se llegó hasta 140 piezas.
En julio de 2008 llegó la paralela, una preciosa Mateo Mendicute que todavía hoy me acompaña. Con ella continuaron las buenas jornadas de conejo- perchas de 17, 13 u 11- y también algún día notable de codorniz, con diez y nueve piezas. Peñadorada seguía respondiendo, fiel a su historia y a tantos años compartidos.
El balance global de todos estos años habla por sí solo:
1.881 conejos; 258 liebres; 1.754 perdices; 513 torcaces;293 palomos; 249 codornices; 129 tórtolas, 95 patos; 588 tordos y 22 urracas.
Pero, en realidad, las cifras son solo una parte de la historia.
Detrás de cada número hay un amanecer, un viaje, un perro, un compañero, una muestra, un lance, una alegría o, muchas veces, una jornada de vacío. Hay noches de insomnio antes de salir, kilómetros y kilómetros de carretera y muchas horas esperando que el campo quisiera regalarnos algo..
Solo a Peñadorada, 297 viajes; A Torre de Juan Abad,72.
Son muchos kilómetros, muchas madrugadas y muchas jornadas acumuladas. Pero también son casi cuarenta años de recuerdos.
De todos los cotos en los que he cazado, donde más he disfrutado ha sido en Peñadorada, en Ossa de Montiel. Fue un coto que tuvimos durante muchos años y que terminó convirtiéndose en algo mucho más importante que un simple lugar de caza.
Peñadorada guarda una parte muy importante de mi vida de cazador.
Y todo está allí, escrito día a día, en aquel viejo cuaderno que empezó en julio de 1987 con seis conejos y que, casi cuarenta años después, sigue siendo una de las mejores formas que tengo de volver al campo, a los perros, a los amigos y a aquellos amaneceres que el tiempo nunca ha conseguido borrar.
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